Cuando yo era pequeño la celebración del ciclo de la Navidad
(Nochebuena, Año Nuevo y Reyes) constituía el máximo lúdico y festivo al que
podía esperar.
Conforme fui cumpliendo años fui perdiendo grados y empatía
hacia aquel ceremonial y, ahora, con un
buen paquete de ellos, puede decirse que el equilibrio está más próximo al
repudio que al festejo.
No entiendo los “deseos de felicidad” a plazo y fechas
fijas. No soporto la hipocresía del
comportamiento caritativo y humanitario entre el 22 de diciembre y el 6 de
enero y la vuelta a la jungla depredadora el 7 de enero. No comparto esa fiebre
consumista por decreto comercial, de las multinacionales del gasto y de las
“cadenas” –en su doble sentido- televisivas.
Me parece insoportable esos deseos de “paz” y “amor” cuando
los dirigentes de este sistema socio-político-cultural mantienen la guerra en
el mundo en treinta y dos países, cuando hay cerca de 50 millones de exiliados
y refugiados políticos viviendo en campos de hacinamiento o exterminio, cuando
por un quítame allá unas pajas religiosas, se mata, bombardean y reducen a
escombros ciudades y países.
“Gloria a Dios en las alturas y Paz en la Tierra a los
hombres de Buena Voluntad” dice el peristilo de esta tragedia. ¿Gloria a qué
Dios? ¿Al que permite esta barbarie? ¿Al que sacrifican en el ara del
hiperconsumo derrochador una minoría de privilegiados de Europa y América?
¿Dónde están esos “hombres de buena voluntad? ¿Quizás en
Alepo? ¿O tal vez en Turquía? ¿O en los Consejos de Administración de las
cincuenta multinacionales y bancos que dominan el planeta?
Su “buena voluntad” se manifiesta en un afán infinito de
lucro, derroche y exterminio del mundo y sus recursos.
Todo son cenas, regalos y discursos. Luces donde en realidad
habita la sombra y la oscuridad de la miseria, el paro y el hambre.
He llegado a un punto en que me molestan las luces de
Navidad, el tan siquiera pasar por la puerta de los grandes almacenes, iconos
de la falsedad y la gilipollez consumista. De alguna manera me molestan las
felicitaciones navideñas, la lotería, el ritual del sorteo y sus celebraciones,
detrás de esa aparente felicidad del premiado, están las hipotecas sin pagar y
el desempleo de la mayoría de los no premiados.
Y el recurso imbécil de que lo mejor es “tener salud”.
Cuando eso, la salud, nos la están robando y privatizando, día a día, hora a
hora.
Esta civilización, esta cultura del anuncio del perfume con
cara de cordero degollado de los actores,
del cava de las burbujas de oro y de la exaltación del atiborramiento de
mariscos, teatral e hipócrita, están podridas por la base, y tenemos que
compartirla con una caterva de idiotas y pequeños y grandes canallas.
Posdata. Agradezco las felicitaciones que me hagan, pero no
esperen que les desea Felices Fiestas.
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